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Señoras magistradas, señores magistrados
[Estimados colegas jueces y juezas de PJE
Distinguida audiencia]
La sociedad michoacana ha puesto
en manos del Poder Judicial del Estado este espléndido
conjunto de edificios que, a partir del día de hoy,
se constituye en sede oficial del Supremo Tribunal de Justicia
del Estado.
Este acontecimiento es, sin duda
alguna, significativo y –al mismo tiempo– memorable.
Es significativo, puesto que
constituye una muestra más de la importancia que el
ejercicio de la función jurisdiccional, constitucionalmente
asignada al Poder Judicial del Estado, tiene de cara a la
consolidación en Michoacán de un estado social
y democrático de derecho.
En un Estado constitucionalmente
democrático, la función jurisdiccional está
estrechamente vinculada con el respeto a la ley, la paz social,
el constante mejoramiento económico, social y cultural,
y el respeto de los derechos fundamentales de las personas.
Michoacán es un Estado
generoso, abierto a la pluralidad, practicante de la tolerancia,
respetuoso del derecho. En este contexto, debe contarse con
un Poder Judicial independiente, autónomo económicamente,
cercano a los justiciables, que permita dar certidumbre al
ejercicio de los derechos y libertades de los michoacanos,
mediante la resolución pronta, completa, imparcial,
y conforme a derecho de las controversias jurídicas.
Es memorable, ya que como bien
se estableció en la sesión plenaria anterior,
esta fecha marca el inicio de un nuevo ciclo histórico
en la administración de justicia estatal.
En esta nueva etapa, la sociedad
michoacana no debe albergar duda alguna que las funciones
encomendadas al Poder Judicial del Estado, a su pleno, a sus
salas y juzgados, habrán de ejercerse conforme a los
principios rectores para ello establecidos en nuestra ley
fundamental: independencia, profesionalismo, imparcialidad
y prontitud.
En el contexto actual, la administración
de justicia habrá de satisfacer, además, las
exigencias de eficiencia, eficacia, trasparencia y confiabilidad,
propias o inherentes a toda función pública
en las sociedades democráticas.
En efecto, la tutela judicial
efectiva no puede administrarse de forma separada a una gestión
eficaz, eficiente y honrada de los recursos humanos, financieros
y materiales, abierta a una fiscalización permanente.
Cada vez más y desde muy
distintos espacios, se reconoce a las administraciones eficaces
y eficientes de los poderes judiciales, que permiten el cumplimiento
del mayor número de objetivos, con los menores recursos
posibles, que posibiliten aumentar las prestaciones de sus
servidores públicos o aun ofrecer más y mejores
servicios a los justiciables.
De igual forma, así como
este conjunto de edificios ha eliminado las barreras físicas
que obstaculizan el ingreso a personas con capacidades diferentes,
será también necesario hacer lo propio con todas
aquellas que bien, de iure o de facto, perduran e impiden
el acceso a la tutela judicial efectiva, particularmente de
las comunidades indígenas y demás grupos vulnerables,
verbigracia, adultos mayores, personas de escasos recursos,
mujeres y niños.
Basta un recorrido por este edificio central, que por sus
dimensiones no será del todo pequeño, para constatar,
de la mano de la cantidad de dependencias que integran el
área administrativa del Poder Judicial del Estado,
la necesidad de desarrollar nuevos esquemas y procedimientos
que, por una parte, permitan una administración más
eficiente y eficaz que habrá de comprender, además
de las funciones propiamente administrativas o de gestión,
todo lo relativo al ingreso, permanencia y promoción
en la carrera judicial; y, por otra, que permitan a los integrantes
de este pleno concentrar sus esfuerzos en las actividades
jurisdiccionales a su cargo.
Si bien estos edificios constituyen,
per se, un cambio sustancial en la estructura del Poder Judicial
del Estado, los inmuebles, por muy funcionales que sean, no
son suficientes para que lo mismo ocurra con sus tareas sustantivas;
tal empresa amerita algo más que una simple mudanza,
precisa también, inexcusablemente, cambios igualmente
estructurales en los procedimientos de administración
de justicia, apoyados en una nueva concepción de carácter
igualitario en la que el trabajo diario en los juzgados y
salas no es sino un servicio, y los justiciables, su clientela.
En Michoacán el avance
en la administración de justicia es irreversible, se
nutre de conciencias libres y se motiva con la vocación
impartir justicia, esto es, el arte de lo bueno y lo equitativo.
A quien encabeza este esfuerzo, hombre recto y talentoso,
le reitero mi aprecio y respeto, que ve en él un jurista
ejemplar.
Sin embargo, grandes tareas nos
aguardan, viejos problemas aún sin resolver deben encontrar
adecuada solución: consolidar, en forma proporcional
y equitativa, el reciente incremento en las percepciones de
los jueces y aumentar, de igual forma, la del resto de los
servidores judiciales, continuar con la instalación
y apertura de nuevos de juzgados y salas; hacer más
efectiva la carrera judicial; contar con el mobiliario, equipo
informático suficiente y adecuado que permita administrar,
con nuevas herramientas y procedimientos, las tareas habituales
de juzgados y salas y, finalmente –pero no por ello
menos- impulsar la reforma constitucional y legal al Poder
Judicial del Estado.
Estos son, entre otros, algunos
de los retos que los tiempos que corren no solamente demandan,
sino que imponen a la administración de justicia estatal.
Todos ellos son, sin lugar a dudas, importantes. Quiero, sin
embargo destacar y con ello concluyo, uno que en mi concepto
es fundamental y cuya satisfacción es requisito indispensable
para que el Poder Judicial del Estado, las mujeres y hombres
que en él laboran –particularmente pero no tan
sólo quiénes lo hacemos en estos magníficos
edificios– correspondamos a la confianza que la sociedad
michoacana, que el pueblo de Michoacán nos ha conferido
al hacernos depositarios, tanto de esta sede como de los cinco
nuevos juzgados puestos en marcha la semana anterior: eficiencia
y eficacia en todas, absolutamente todas, las tareas y funciones
que tenemos asignadas, teniendo siempre en cuenta que los
llamados justiciables son también –y ante todo–
hombres y mujeres, jóvenes, niños y niñas,
de carne y hueso, no meros legajos, asuntos o expedientes,
que como tales, como personas y con la dignidad inherente
a esta fundamental circunstancia, deben ser atendidos, teniendo
en cuenta –además- que ellos son los depositantes,
no sólo de los edificios y demás recursos materiales
con los que operamos, sino de la confianza de que sus controversias
serán resueltas con imparcialidad, independencia, profesionalismo
y celeridad.
Cuando se habla de fortalecer
al Poder Judicial del Estado es obligado sumar esfuerzos,
unamos esfuerzos, pues para esta tarea no sobra nadie, se
requiere la mano de todos. Necesitamos, pues, altura, visión
y convicción.
Por su atención, muchas
gracias. |
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