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Se ha dicho, a mi parecer con acierto, que la visión histórica que hasta la fecha se ha sustentado en nuestros libros y que ha alimentado con profusión nuestros sentimientos patrios ha recogido y desarrollado de igual manera conceptos acunados par las teorías del polémico historiador escocés Thomas Carlyle, que pone en el centro de su interpretación de la vida de los pueblos la hierática y romántica presencia del héroe, del prohombre, del que pende el sentido total de las gestas nacionales y del sacrificio ineludible de muchos hombres; de la individualidad excepcional coma motor de la historia política e intelectual.

"La historia del mundo es la biografía de los grandes hombres." 1 Así escribió el escocés y de esta manera entronizó en forma definitiva una línea que apunta hacia el culto de la personalidad y hacia la reverencia no ya del poder, sino de las virtudes cívicas con las que el héroe ejercitó ese poder.

No cabe duda que la mayor parte de los hechos y las gestas que nos han forjado como Nación, no se entenderían fuera del contexto de nuestros próceres o al margen de la comprensión cabal de su sino.

En esta línea de pensamiento debemos apreciar la obra y el legado de José María Morelos. Hemos de entender que su figura, su personalidad, su actuar concreto y su particular herencia han sido, hasta la fecha, y deben seguir siendo fuente de inspiración, lección practica que debemos valorar en la irrenunciable tarea que todos tenemos de construir nuestra Nación.

En efecto, el primer cuarto del siglo XIX supuso, en la vida del todavía México Colonial, una complejidad política con matices alarmantes; su cotidianidad marcaba una sociedad y una cultura de difícil sincretismo: por una parte, la tradición política, social y económica miraban al pasado por imposición directa de quienes detentaban el poder, con una voluntad indomable de permanecer anclados a ese, para ellos, maravilloso pretérito; por otro, las mentes modernistas, con ojos mas osados intentaban con desesperación modificar la ruta y abrir cauces a la ilustración.

Frente a un orden histórico español, aún feudal, en plena hundimiento, provocado, primero, por la difusión ya casi universal de las ideas mancipadoras de igualdad, unión y fraternidad pregonadas por la triunfante Revolución Francesa, de las cuales había derivado, en palabras de Krauze, triple promesa de prosperidad material, de educación y de libertad 2 politica; y n segundo término, por la espada de Damocles que pendía sobre el México colonial tras la invasión napoleónica de España y el consecuente cautiverio del rey Fernando VII, que marcó un duro revés para los Borbones, y que provoco incertidumbre y zozobra entre todos los súbditos del imperio, alentadas por el entonces principio, al parecer únicamente teórico, de que la soberanía del rey es sólo mediata, de tal manera que faltando éste, la Nación recobraba los privilegios y los Derechos de la Corona; se sumaba de manera inevitable un apretado grupo e ideologías libertarias, de hechos y reveses en torno de la Metrópoli, una numerosísima población de indígenas y mestizos atados a la injusticia que suponía su condición de gobernados de segunda clase; la inconformidad palpable del también apretado numero de criollos recelosos de su suerte por no participar de los privilegios del peninsular y la terrible obstinación de las clases privilegiadas de no ceder por la vía pacifica un fuero, un privilegio o un bien, provocando así el nacimiento de un pueblo marcado par el signo de la intolerancia, de la unidad de clases estratificadas, del integrismo a ultranza, del dogma y la autocracia.

Panorama similar se extendía por toda América; Ios aires de emancipación impregnaban todas las colonias españolas en una globalizaci6n social e ideológica que estaba a punto de traspasar sus limites.

Se ha escrito mucho sobre Morelos: la tinta ha corrido, ya en prosa ya en verso, a través del cause literario -el que lo mistifica y mitifica- y por el camino de la historia -la que lo ata a la tierra en su condición mortal-; sin embargo, creo firmemente que su agigantada estatura, la firma que da sentido y trascendencia a su paso por el amplísimo paisaje de nuestra historia, no se cifra en el número de batallas ganadas, sino en su afán, casi obsesivo, de introducir en el movimiento independentista y, desde luego, en el orden social, económico y político de entonces, un cuerpo altamente original de argumentos ideológicos, un firme alegato moral que justificaran el movimiento armado y que imprimieran un principio ordenador frente al estado de intolerancia y de antagonismo que imperaban en la sociedad. El lugar para expresar y dar forma al orden concebido fue, precisamente, el Congreso de Anahuac, a través del cual la figura de Morelos se revela, de manera nítida, como el insurgente que vio en su actuar revolucionario, en una curiosa antitesis, el germen del arden y de la tolerancia, coma vía para erradicar la desigualdad preponderante.

La redacción de "Los Sentimientos de la Nación" y la creación de este Tribunal de Justicia son prueba material de su férrea convicción de que solo en la tolerancia de las diferencias humanas accidentales puede el hombre aspirar a la civilidad. Su texto moral pregonaba que los únicos rasgos que deberían distinguir a un hombre de otro debían ser la virtud y el vicio; que únicamente el saber, la caridad, la virtud y el patriotismo son atributos de la nobleza y, de manera dominante, que las diferencias entre los hombres, las arbitrariedades del fuerte, sean resueltas par tribunales que escuchen y protejan al justa.

Así pues, dentro de la vorágine que suponía la desigualdad y la intolerancia del México Colonial y del movimiento insurgente, la de este Tribunal de Justicia representa el mentís al impacto social de esos desórdenes y la apuesta de un hombre y de una Nación POR EL DERECHO como camino para practicar la tolerancia que precisa todo pueblo para andar hacia un futuro próspero y civilizado.

La entronización que hizo Morelos de este Tribunal conlleva un claro mensaje, que no debemos desoír: que el único principio oponible al desorden social, al mundo globalizado y convulsionado por la sinrazón y el despotismo, anida en EL DERECHO, del que dimana, por razón de su naturaleza, un espíritu de tolerancia que indefectiblemente puede conducirnos a obtener la justicia social, el bien común por el que tanto hemos clamado y bregado los mexicanos a través de nuestra historia .

La creación de este Tribunal de Justicia marca por si sola la vocación del México en vías de independencia como detractor de la intolerancia. Ese mundo globalizado en la constante del desorden tuvo como opositor a uno de los principales caudillos de nuestra historia.

En este sentido, no debe hablarse de la obra de Morelos como de una reliquia de anticuario o una pieza de arqueología para el solaz del estudioso de la historia.

Por el contrario, su legado ideológico y moral pervive en nuestras instituciones, ya que del cúmulo de aspectos ideológicos plasmado en "Los Sentimientos de la Nación" nuestra Constitución Federal ha recogido, como fundamento de su orientación hacia la tolerancia, la protección de la propiedad, la inviolabilidad del domicilio, la prohibición de la tortura y la racionalización del sistema impositivo, a través de la creación de un tribunal que, junto con la celebración del Congreso de Anahuac, establece la base de la división de poderes, para menguar sus posibles excesos.

El postulado fundamental de Morelos: el de una sociedad respetuosa de la iniciativa de cada individuo, preocupada por la dignidad de cada uno de ellos, precursora de una sociedad sin excesos, equilibrada en su ser yen su hacer, que ha acunado, sin lugar a dudas las máximas clásicas, con evidente asiento constitucional, de que "Los acuerdos deben ser cumplidos" y de que "la paz se conserva si los acuerdos se observan", son los precedentes necesarios con los que se ha fraguado el ideal pacifista en el que descansa gran parte del articulado de nuestra Constitución. 3

De esta manera, podemos decir, con apoyo en una libre paráfrasis de Diego Valadés, que desde aquel Primer Congreso de Anáhuac para acá aprendimos, superando resistencias y reticencias, el valor de la tolerancia política, cuya máxima expresión es la convivencia civilizada de loa opuestos, en la que se garantice la expresión de las ideas, se sobreentienda el ejercicio responsable de las emociones y se ejerza la política con una actitud interna de responsabilidad. 4

Tales premisas son para nuestro pueblo una obligación de naturaleza constitucional, pues esta nos impone el Derecho de clamar y de ejercer la paz y la tolerancia con los demás puebles, pugnando por la solución pacífica de las controversias y la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales.

No cabe duda pues, de que la Constitución Federal marca el rumbo de México hacia el respeto y el pacifismo, porque el constituyente y el Poder Revisor de la Constitución entendieron que siempre, y hoy más que nunca, precisamos de practicar la tolerancia, porque México tiene arraigada la firme convicción de que sin el orden jurídico que éste nos proporciona, se rompería no sólo la concepción teórica del orden social, sino la base misma de la convivencia cotidiana.

En un país plural como el nuestro, en el que las luchas partidistas y el ejercicio de las atribuciones políticas pueden conducirnos a la intolerancia; yen un panorama internacional en el que esta campea libremente, acercándonos a todos, en forma alarmante, al enfrentamiento por las armas y a la destrucción masiva, sólo EL DERECHO nos puede ayudar a recobrar la cordura.

Lo que escribió Carlos Fuentes, respecto de la actividad del Verbo Divino, bien puede ser aplicado a este pensamiento para decir que EL DERECHO es lo único que nos une cuando todo lo demás se vuelve inservible, engañoso y amenazante. 5

En fechas recientes, la Presidenta de la Suprema Corte de Canadá propuso un interesante punto de partida para revalorar el concepto de democracia, vinculado con el de la labor jurisdiccional, aduciendo que si bien la voluntad de la mayoría es un elemento críticamente importante en la construcción de las democracias, sin embargo, ese aspecto no es distintivo en modo alguno, ya que de el participan otros sistemas de gobiernos totalitarios, como el Fascismo
y el Comunismo; por lo tanto, la comprensión moderna de la democracia parece requerir algo mas. Ese algo mas no puede ser otra cosa que el reconocimiento y materialización DEL DERECHO como base de toda construcción democrática . 6

Si bien es verdad que no tenemos hoy un caudillo que haga frente al avance globalizante y a la intolerancia que en la actualidad perviven, lo cierto es que tenemos una Constitución que nos marca el camino hacia su antitesis: la tolerancia. Por ella debemos acogernos a su mandato y a su espíritu.

En un país como el nuestra, en el que, par desgracia, mientras nuestra historia nos habla de hechos y de hombres heroicos y nos augura un futuro promisorio; por el contrario, nuestra realidad nos dice a diario que la fortuna y el progreso deben esperar para mejor fecha, es momento de atender con prontitud a los fundamentos de nuestro ser, contenidos en nuestra Constitución.

Solo en ella encontraremos la brújula para guiar nuestros pasos y para dejar de ser la Nación del mañana. Solo así nuestras esperanzas dejaran de ser vanas.

En cierta ocasión, en plenas gestas de luchas revolucionarias, Carlos Fuentes hizo hablar a aquel "gringo viejo" de literatura, para decir: "Hay una frontera que solo nos atrevemos a cruzar de noche (...): La frontera de nuestras diferencias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos". 7

En este día, en que se celebra un aniversario mas de la creación de este emblemático Tribunal de Justicia, espero que en la globalización de conflictos en que estamos inmersos, recordemos la lección de tolerancia que en su momento histórico de globalización de conflictos nos legó Morelos y, en consecuencia, que seamos capaces de abrazar EL DERECHO como puente para el aprecio y conservación de nuestros valores constitucionales. Si hacemos así, podremos cruzar a plena luz del día todas nuestras fronteras.
Ario de Rosales, Michoacán, 7 de marzo de 2003.

1 Cita tomada de la obra Siglo de Caudillos, Biografía Política de México (1810-1910) de Enrique Krauze,
México, 2002, Fábula Tusquets editores, pagina 17.

2 Idem, página 46.

3 Sobre el particular véase la obra de Diego Valadés "Constitución y Política”, México, 1994, UNAM, Segunda edición, páginas 11-13

4 Idem, página 14

5 Los cinco Soles, México 2000, Planta Deagostini, pagina 158. 22

6 Cfr. "Ser Juez en una Democracia Constitucional", SCJN, Colección Discursos, 2002, paginas 10-20- 23

7 Gringo Viejo, Colección Carlos Fuentes, México, 2002, editorial Planeta De Agostini, pagina 28.