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Cada pueblo tiene a sus personajes y la Villa de Charo no era la excepción. Todas las mañanas se podían observar a las mujeres ir al molino de doña Bibianita, era de suponer que se sabía la vida de todo el pueblo, pues mientras se preparaba el nixtamal se cocían los pormenores de los habitantes de aquel sitio. Otros lugares de reunión eran la almoneda, propiedad de don Evaristo y la cantina, su dueño era don Cirilo, ahí los hombres comentaban sus aventuras amorosas, y de lo pesada que había estado la jornada de trabajo.
Pero entre todos los habitantes destacaban tres individuos, que eran la sal y la pimienta de Charo: don Chuy Martínez y los hermanos Ramón y Antonio Maciel, conocidos como los vagos . Por las tardes, en la plaza principal, entretenían con sus pícaras narraciones, a todo aquel que se detenía a escucharlos, entre risas, silbidos y gritos de emoción, describían desde el histórico encuentro de Hidalgo y Morelos hasta la llegada de Maximiliano a tierras michoacanas. |
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Cierto día, en pleno inicio de la primavera del año de 1868 fue detenido don Chucho y llevado ante el Teniente de Justicia del lugar, se le acusaba de peleonero, borracho y de andar en la vagancia, en sus declaraciones dijo franca y sinceramente que sí le gustaba beber, pero lo hacía porque “
su cuerpo se lo pedía para fortalecerse”; declaro no tener oficio, “ cualquier trabajo era bueno con tal de tener dinero para el aguardiente. El castigo impuesto fue la cárcel por un mes y trabajos forzados.
Más tarde, hasta las oficinas de don Basilio García, Jefe de Policía de Charo, llegaba el ruido del escándalo provocado, en la cantina, por los hermanos Maciel, disparaban sin ton ni son, aventando botellas, mesas y sillas. ¡Vaya zafarrancho! Al lugar acudió inmediatamente el comandante, acompañado con su respectiva escolta para detenerlos, también fueron encarcelados y sentenciados a tres meses de prisión.
¡Qué tristes se sentían las tardes calurosas de Charo, sin sus vagos!
Los vecinos del pueblo que conocían a los detenidos, exigieron los dejaran en libertad. Don Faustino Oropeza, Amanda Perdomo, Aniceto Chavira, Nepomuceno Colín, entre un grupo de más de cuarenta declararon que: “ conocemos a los vagos, son bebedores consuetudinarios, pero no hacen mal a nadie, Ramón Maciel trabaja en una fábrica de fideo, Antonio no tiene oficio y por eso se emplea en lo que puede y don Chucho vive de la caridad” También se dijo que tanto don Chucho como los hermanos Maciel eran aficionados al aguardiente pero eso si no dañar a la gente, solo causaban risa cuando ya no podían sostenerse de pie y se quedaban donde primero les llegaba la noche, en realidad las quejas de los vecinos del lugar eran solo por el aspecto de vagos y por bebedores; algunas veces llevaban serenatas a las muchachas acompañando a algún enamorado a cambio de copa. La mayoría de las personas que fueron a declarar coincidieron en que los vagos no hacían mal a nadie, lanzaban piropos decentes a las muchachas y estas sin ofenderse, sonreían al escucharlos. Finalmente, tras las averiguaciones realizadas para poder actuar y castigar a los vagos , se les dictó la siguiente sentencia que: de por vida continuaran narrando sus peculiares historias Eso sí, sin provocar escándalos como aquella vez. Así, la Villa de Charo recupero a sus vagos y las divertidas tardes en la plaza principal.
Historia basada y adaptada del expediente sin número 13, del año de 1868, del Juzgado Primero Penal de Morelia.
Autor: Luis Arturo Rivera López, Escribiente del AHPJM. |